BATALLA DE OTUMBA. José Luis Guerrero Rosado.

BATALLA DE OTUMBA. José Luis Guerrero Rosado.
FLOR Y CANTO DEL NACIMIENTO DE MÉXICO
José Luis Guerrero Rosado.
CAPÍTULO XXIX

OTOMPAN

Limpieza de la ciudad.- Todo triunfo y sonrisas en Tenochtitlan.- Ni Hollywood en su mejor vena.- Victoria para el occiso y deshonor para el atacante.- Colosal error.

Detalle del recibimiento en Tlaxcala. La insigna que figura entre Cortés y el Señor indio que le recibe es la que se supoe capturada en Otumba. Lienzo de Tlaxcala.


Los mexicanos, en tanto, se entregaban en cuerpo y alma a limpiar su ciudad de toda contaminación popoloca: Exterminaron a los que habían retrocedido al no poder pasar las cortaduras, refugiándose de nuevo en el palacio de Axayácalt, recogieron y honraron a sus propios muertos, ofrecieron a los dioses el grato homenaje del chalchíhuatl blanco y tlaxcalteca y desazolvaron los canales del rico botín:

".. fueron acarreados los tlaxcaltecas todos,
y los de Cempoala, y los españoles
que se habían despeñado en el canal de los Toltecas."

"A todos estos desnudaron,
les quitaron cuanto tenían,
les echaron allá sin miramientos..."

"Pero a los españoles en lugar aparte los colocaron,
los pusieron en hileras.
Cual los brotes blancos de las cañas,
como los brotes del maguey,
como las espigas blancas de las cañas,
así blancos eran sus cuerpos.
También sacaron a los ciervos que soportan encima a los hombres,
los dichos caballos."

"También todas las armas de guerra allí fueron recogidas:
cañones, arcabuces, espadas,
y cuanto en lo hondo se había precipitado,
lo que ahí había caído.
Arcabuces, espadas, lanzas, alabardas,
arcos de metal, saetas de hierro.
También ahí se lograron cascos de hierro,
cotas y corazas de hierro;
escudos de cuero, escudos metálicos, escudos de madera."

"Y allá se logró oro en barras,
discos de oro y oro en polvo,
y collares de chachihuites con dijes de oro.
Todo era sacado, era recogido de entre el agua,
era rebuscado cuidadosamente.." ( ).


Los mexicanos desazolvan de cadáveres la laguna. Cod. Florentino.


Mientras todo era triunfo y sonrisas en Tenochtitlan, los españoles, ignorando que estaban entrando en tierras de su aliado Ixtlilxóchitl, creyeron ver llegada su última hora al desembocar en la llanura de Otompan, y toparse con un ejército que, según Cortés y Solís era casi infinito, pues su "frente llenaba todo el espacio del valle, pasando el fondo los términos de la vista" ( ). (Para llenar en esa forma la llanura de Otumba harían falta nó los 200,000 que asigna, sino varios millones!). En la batalla que siguió, el bardo de la gloria hispana, Solís, quizá llegue a su mejor momento: Todo es grandioso, sereno e ínclito de parte de Cortés y los suyos; todo confusión, odio y torpeza de parte india:

Los españoles, "más cerca de la ira que de la turbación" ( ), ni siquiera precisan que Cortés los arengue, sino más bien que los frene, pues están "clamando por la orden de acometer" y, al recibirla, "no daban golpe sin herida ni herida que necesitase de segundo golpe" ( ). Sitiados por la masa de los indios, pero firmes como roca vanamente embestida por un proceloso mar, su único peligro puede ser el desgaste por agotamiento, pues son tan pocos contra tantos:

"Peleaba Cortés socorriendo con su tropa los mayores aprietos, y llevando en su lanza el terror y estrago del enemigo [...] Acordóse de haber oído referir a los mexicanos que toda la suma de sus batallas consistía en el estandarte real, cuya pérdida o ganancia decidía sus victorias o las de sus enemigos [..] y tomó resolución de hacer un esfuerzo extraordinario para ganar aquella insignia [...] Llamó a sus capitanes [...] y haciéndoles una breve advertencia de lo que debían obrar para conseguir el intento [...] se arrojaron a la multitud confusa y desordenada con tanto ardimiento y desembarazo, que rompiendo y atropellando escuadrones enteros, pudieron llegar sin detenerse [...] Hernán Cortés cerró con el capitán general de los mexicanos, que al primer bote de su lanza cayó mal herido por la otra parte de las andas [..] Juan de Salamanca saltó de su caballo y le acabó de quitar la poca vida que le quedaba con el estandarte, que puso luego en manos de Cortés."

"Apenas le vieron aquellos bárbaros en poder de los españoles, cuando abatieron las demás insignias, y arrojando las armas se declaró por todas partes la fuga del ejército. Corrieron despavoridos a guarecerse en los bosques y maizales: cubriéronse de tropas amedrentadas los montes vecinos, y en breve rato quedó por los españoles la campaña..." ( ).

¡Ni Hollywood en su mejor vena!: ¡Un "superman" blanco que, con otros pocos, pulveriza a incontables miríadas de "red skins" sin apenas despeinarse! (Siempre según Solís, murieron 20,000 indios, y españoles apenas si "dos o tres" ( ), y eso más tarde, en Tlaxcala). Si eso fuera verdad, bastaría para probar la tesis de que los indios eran tan bellacos que unos cuantos europeos bastaron para liquidarlos... Muñoz Camargo da otra versión, aun más fantástica: la batalla la ganó directa y personalmente el apóstol Santiago; más aun: ¡el caballo del apóstol Santiago!:

"... vieron los naturales visiblemente pelear uno de un caballo blanco, no le habiendo en la compañía, el cual les hacía tanta ofensa, que no podían en ninguna manera defenderse del ni aguardalle; y ansí, en memoria de este milagro, pusieron, en la parte que esto pasó, una hermita del Apóstol Santiago [...] salio tal y tan bueno que por este caballo se le atribuyó la victoria, pues que estando flaco y cansado como lo estaba, a coces, tocados y manotadas hacía tanto daño a los contrarios que no osaban acercase a él." ( ).

Cortés es más discreto y no hace aparecerse a ningún Apostol, pero se las arregla para que intervenga, al menos implícitamente, "San Pedro, su abogado": "Cortés, que andaba a una y otra parte confortando a los suyos, y que muy bien veía lo que pasaba, encomendóse a Dios, llamó a San Pedro, su abogado, arremetió con su caballo por medio de los enemigos, rompiólos, llegó al que traía el estandarte real de México, que era capitán general, y dióle dos lanzadas de que cayó y murió.." ( ).

¿Qué pasó realmente? Una vez más, quizá nunca lo sepamos, pero no es difícil suponerlo. Con toda certeza no sucedió que "arrojando las armas se declaró por todas partes la fuga del ejército. Corrieron despavoridos a guarecerse en los bosques y maizales", pues ya veíamos en el capítulo VIII que eso era impensable ( ), sino aconteció una de estas dos cosas: Según los informantes de Sahagún, efectivamente hubo una gran batalla, en la cual

"hubo gran mortandad de mexicanos y tlaltelolcas.
No más ellos se entregaban,
iban a caer en sus manos.
No hicieron más que ir en pos de la muerte.." ( ).

Esto parecería confirmación rotunda de Solís; pero no lo es, ya que, puesto en la perspectiva indígena, en la que morir en la batalla era victoria para el occiso y deshonor de su atacante, (y con mucha más razón si el muerto era el jefe), esa matanza venía a ser no la derrota, sino el broche de oro del triunfo mexicano.

Ahora bien, puede que la verdad sea mucho más vanal: Aunque los conquistadores pronto mitificaron su empresa, exagerando logros y acallando errores, con mentiras tan evidentes que ya sus contemporáneos no se las creían ( ), no pudieron cancelar todos los indicios de la realidad. Así, muchos años más tarde, en 1553, uno de ellos, Ruy González, queriendo convencer al Rey de que haga perpetuas las encomiendas, confiesa que en Otumba los indios "no querían guerra, sino vivir y tener su libertad y vuestra victoria para ser desagraviados de México" ( ), palabras no muy claras, que, sin embargo, el Códice Ramírez explica cándidamente: "Y entendido por don Fernando [Ixtlilxóchitl] lo sucedido, después de haber tenido una gran batalla con Cuitlahuatzin su tío, que ya era rey, después de la muerte de Moctezuma, dió aviso a sus fronteras para que le diesen a Cortés toda la ayuda necesaria que quisiesen, y aunque les venían algunos mexicanos dando alcance, los de don Fernando se les oponían y detenían. Y así fueron caminando hasta que en uno de los llanos, entre Otumba y Cempohualan llegó don Carlos por orden de su hermano con más de cien mil hombres y mucha comida para favorecer a Cortés, pero no conociéndolos Cortés se puso en armas, y aunque don Carlos se hizo a un lado y les mostró la comida y llegándose a un capitán que tenía la bandera, se la tomó.." ( ).

Esto no sólo puede ser lo cierto, sino que es lo más probable, tomando en cuenta todas las circunstancias: Ya habían franqueado las fronteras del territorio controlado por Ixtlilxóchitl, a quien Cortés y Bernal Díaz muestran una marcada reticencia a mencionar siquiera, cual si sintieran un molesto rubor por su persona, pese a que no sólo los salvó en Tenochtitlan ( ), sino que, como veremos, fue decisivo en su conquista. Cortés, el gran héroe de esta batalla, que siempre cuida de ponerse en la mejor luz posible ante Carlos V, apenas si se la menciona, pues, con modestia inusitada se limita a reseñar que "con este trabajo fuímos mucha parte del día, hasta que Dios quiso que murió una persona tan principal de ellos, que con su muerte cesó toda aquella guerra" ( ).

Además, después de un triunfo tan aplastante y tan milagroso, la moral española debía andar por las nubes, mientras que la realidad es que, a los pocos días y ya seguros en Tlaxcala, a donde consideran "milagro" ( ) haber llegado, muchos quieren huir... y en fín, que la épica batalla que "todos los escritores nuestros y extraños refieren esta victoria como una de las mayores que se consiguieron en las dos Américas" ( ) tal parece que no fue sino una versión que, "post factum", armaron los españoles o los texcocanos para encubrir su fenomenal gafe, versión que pudo hasta contagiar a los informantes de Sahagún, que declaraban muchos años después. La prosaica verdad, pues, es muy probable que fuese que los aterrados españoles atacaron y masacraron a un buen número de sus propios colaboracionistas antes de descubrir su equivocación... En Tenochtitlan, si lo supieron, debieron morirse de risa.

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