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La Atlantida en el Anáhuac. Alfredo Chavero.

Texto tomado de México a través de los siglos.

 

 

De todas maneras, cualesquiera que sean las relaciones que con otros hayan tenido nuestros pueblos primitivos, se nos presentan éstos completamente diferentes de los nahoas, raza polisilábica aglutinante, que conservaba el recuerdo de haber venido de otra parte, de haber sido en un principio extranjera, por más que después ella y su civilización se impusieran de tal modo que todo lo dominaron, y sus recuerdos, sus ideas y sus creencias es lo único que verdaderamente sabemos. La llegada de la raza nahoa fue antes de 3000 años de nuestra era. Y desde luego se nos presentan dos cuestiones: ¿quiénes eran? ¿de dónde y por dónde vinieron? Es increíble la cantidad de suposiciones que desde el siglo XVI se encuentran en los cronistas, para explicar su procedencia; los unos procurando concordar siempre las cuestiones con sus ideas religiosas, los otros dejándose llevar de los sistemas más extravagantes. Hoy creemos poder contestar a la pregunta, apoyados en los descubrimientos y progresos de la ciencia, que los nahoas vinieron por la Atlántida.

 

 

Lo que fue en un principio, según se creía, sueño de Platón, va tornándose en realidad: la Atlántida, que se dibujaba apenas al nacer en el cerebro del poeta, toma ya forma en el dominio de las investigaciones humanas: todo parece probar que el genio, como Dios, sabe crear mundos. Si eran verdaderos recuerdos cosmogónicos, conservados por los hierofantes de Egipto en el simbolismo de sus ritos y en el misterio de sus templos, cierto es que el filósofo griego, de siglos atrás planteó la cuestión a la humanidad, y que por fin la ciencia se ha decidido a estudiarla.

 

 

Platón no solamente reveló la anterior existencia de la Atlántida, sino que puso de manifiesto además algunas de sus leyes y costumbres, y hasta llegó a describirla en parte;

y esto en dos hermosos diálogos, que con los títulos de Timeo y Crisias dan cabo y remate a sus llamados dogmáticos. En el primer diálogo cuenta Crisias a Sócrates, Timeo y Hermócrato, que al viejo Crisias refirió Solón el siguiente relato que en el Egipto le hizo un antiguo sacerdote de Sais:

 

 

“Entre la multitud de hazañas que honran a vuestra ciudad, que están consignadas en nuestros libros y que admiramos, hay una mayor que todas las otras, testimonio de una virtud extraordinaria. Nuestros libros cuentan cómo Atenas destruyó un poderoso ejército que, salido del Océano Atlántico, invadió insolentemente la Europa y el Asia, porque entonces se podía atravesar este Océano. Se encontraba en él, en efecto, una isla situada frente al estrecho que llamáis en vuestra lengua las Columnas de Hércules. Esta isla era más grande que la Libia y el Asia reunidas: los navegantes pasaban de allí a las otras islas, y de éstas al continente que rodea ese mar verdaderamente digno de tal nombre.”

 

 

Véase en este relato una tradición egipcia, véase la vanidad ateniense refiriendo hazañas que no recuerda la historia, lo cierto es que los pueblos más viejos del Viejo Mundo recordaban una época más antigua que hacían coincidir con la existencia de la Atlántida.

 

 

Curioso sería hacer una bibliografía de todos los escritores que de la Atlántida se han ocupado; no es ese nuestro ánimo: basta consignar el hecho de que los historiadores que sobre México han escrito, siempre que han buscado el origen de su población han ocurrido, como único medio de solución posible, a la existencia de la Atlántida.

 

 

Veamos lo que nos dice la ciencia. Parece que las primeras pruebas materiales, digámoslo así, de la referida Atlántida, fueron el descubrimiento hecho por marinos ingleses de enormes fucos que crecen entre el África occidental y el golfo de México, y que embargan a menudo la marcha de los buques; advirtiéndose también que al rededor de este espacio, que llaman el mar de zargazo, existe una formidable corriente, que es la misma denominada Gulf-Stream. Sin duda que esto podía ser un dato, y si se agrega la existencia de las Antillas y de las diversas islas que en ese espacio del Atlántico están como escalonadas de distancia en distancia, ya la prueba adquiere mayor fuerza, supuesto que tales islas no son otra cosa que picos de montañas y cordilleras submarinas. En apoyo de estas conjeturas el descubrimiento continuo de huesos de grandes paquidermos en América hizo pensar con razón a los sabios que solamente la unión de los continentes pudo dar paso a esos gigantes de la fauna. Levantóse a mayor altura la ciencia, y un genio tan poderoso como Edgar Quinet, buscó nueva solución a este problema y a otras cuestiones de no menos importancia que le son anexas. Según su opinión los grandes animales necesitaban para vivir un continente extenso y proporcionado a su desarrollo vital; y cuando por el hundimiento de la Atlántida dejó de tener esa condición la tierra en que vivían, fueron pereciendo los paquidermos hasta perderse enteramente.

 

 

La comunicación de los continentes daba la solución de la transmigración de los animales, y su desaparición viene también a confirmar la antigua unión. Desde que los dos hechos, la existencia anterior y la no existencia posterior, demuestran en su aparente contradicción la unión continental, ya existe una gran probabilidad científica.

 

 

Pero la ciencia, que nunca se detiene en el camino de sus investigaciones, ha pretendido fijar la época de esa Atlántida. Nuestro sabio amigo M. Hamy, estudiando la cuestión sostiene que los trabajos más recientes de los paleontologistas y de los geólogos revelan una Atlántida terciaria. Las conchas terciarias de los Estados Unidos, venus, isocardas, petonelas, volutas, fasciolares, etc., son idénticas a las conchas de las capas francesas correspondientes.

El examen comparativo de los insectos ha probado que gran número de especies viven todavía hoy sobre las dos riberas del Atlántico, y presentan apenas ligeras variaciones de Inglaterra a Alabama. Sorprendente es también la analogía de la fauna terciaria de ambos continentes, analogía que se extiende también a la flora de

la misma época. Pero la más notable prueba ha sido el estudio de los tres inmensos depósitos terciarios lacustres de la península ibérica: el uno se extiende sobre una gran parte de Castilla la Nueva; el segundo ocupa al norte una superficie considerable de Cataluña, Aragón y Castilla la Vieja; y el tercero, intermediario y menor que los otros, corresponde a las provincias de Teruel y Calatayud: todos juntos dan la imponente cifra de 145.500,000 metros cuadrados, a lo que debemos agregar que el espesor de este vasto depósito es de trescientos pies, y aun mayor en ciertos lugares.

Una masa tan considerable de sedimentos de agua dulce manifiesta la antigua existencia de ríos inmensos que han vaciado su caudal durante un largísimo espacio de tiempo en esos extensos depósitos. Tales ríos suponen a su vez grandes continentes que en esta reconstitución del pasado de nuestro hemisferio no se pueden colocar más que al noroeste de la Iberia, pues al norte son obstáculo las rocas antiguas de los Pirineos, al sur los granitos de los montes Carpetanos y los macizos silurianos de Sierra Morena, y al este los depósitos terciarios marinos de Andalucía y de Murcia, de Valencia y Cataluña; de manera que la Atlántida partía de la península ibérica hacia nuestro continente.

 

 

Ahora la cuestión se reduce a indagar si los nahoas se relacionan de alguna manera con la Atlántida. Según el relato de Platón, la ciudad principal de aquel continente sumergido estaba construida sobre un lago; era paludeana y es notable que los nahoas buscaban de preferencia los lagos para establecerse: conocemos por lo menos las siguientes ciudades lacustres: Aztlán, Mexcalla, Pátzcuaro, Texcoco, Chalco, Tzompanco, Chapultepec, Atzcapotzalco y México, grandes centros o estancias importantes de la civilización nahoa. El idioma poco nos puede decir a este propósito, y sin embargo, llama la atención la última Thule del trágico latino, que parece que Islandia fue otra Tula, y que no faltan nombres de ciudades con la misma raíz como Toulón y Toulouse en Francia y Tolosa y Toledo en España. El mismo Platón nos conserva el nombre de una ciudad de la Atlántida, y una sola voz del idioma atlante que tiene gran relación con la palabra chalchihuitl, que en nahoa quiere decir piedra preciosa, y que puede acaso ser clave preciosa de la cuestión.

 

 

Tenemos en las tradiciones teogónicas del África, que Hermes, el dios del comercio, es hijo de Atlas y de Maya: Atlas, montaña que está en África, es representante de la raza de esa región y Maya es la raza de Yucatán, la raza americana.

El vascuence no tiene relación ninguna con las lenguas europeas, y sí tiene muchas con las americanas y especialmente con el nahoa; y es de notarse que los vascongados sostienen que son el pueblo más viejo de la Iberia. En la aritmética la combinación nahoa del 4 y el 20 se encuentra en los vascos, y como recuerdo en la edad de 4 veintes de los irlandeses y en el 80 de los franceses, que sin duda lo recibieron de los Celtas y éstos de pueblos más antiguos.

 

 

Las relaciones entre vascos y nahoas son probables; parece que son los atlantes que se extendieron al occidente en lo que es hoy el Nuevo Mundo, y ocuparon el oriente de la Atlántida con el nombre de iberos. Llegaron allí sin duda hasta lo que hoy es la Rusia, pues en ella se encuentra una Tula, y fueron detenidos por los etruscos, que es el hecho recordado por Platón: son los hiperbóreos de Theopompo, la población que, según las tradiciones célticas, fue obligada por la mar a abandonar sus islas lejanas y establecerse en lo que después fue Galia. En nuestro continente avanzaron hasta encontrar las grandes llanuras del Pacífico entre los grados 35 y 45. Extendiéronse todavía al norte empujando a la raza monosilábica; pero la época glacial los obligó a buscar el rumbo del sur, y es probable que, siguiendo siempre la costa del Pacífico, llegaron hasta el Perú, en cuya raza inca encontramos parentesco con los nahoas.

 

 

Sin embargo, esas emigraciones deben ser muy primitivas, pues la raza nahoa aparece en los tiempos primeros cortada en el norte de nuestro territorio y extendiéndose solamente desde Sonora y Sinaloa hasta Chihuahua y Zacatecas, es decir, entre los grados 22 y 32 de latitud norte. Ocupaba el centro la raza otomí, y de la línea de Chiapas a Yucatán hacia el sur se extendía por toda la América central, penetrando en la meridional la raza maya-quiché, que ocupaba también las islas del Golfo. Tal es la primera situación geográfica de las tres razas, de que podemos darnos cuenta después de la separación de los continentes.

 

 

Tomado de: México a través de lo siglos. Libro Primero. Alfredo Chavero. 1880. (*)

(*) Este proyecto editorial fue ordenado por el General Porfirio Díaz y dirigido por el historiador Vicente Riva Palacio, con la participación de historiadores como Alfredo Chavero , Juan de Dios Arias, Enrique de Olavarría y Ferrari, José María Vigil y Julio Zárate.
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