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EL QUINTO SOL

  • Categoría: Aportaciones
  • Publicado el Viernes, 20 Marzo 2009 15:22
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El Quinto Sol Poco a poco iban entrando los niños, de regreso al salón donde tomarían sus lecciones, sentándose en sus petates en medio de numerosos murmullos. 

Las amonestaciones previas habían surtido su efecto, porque todos se comportaban aceptablemente.  Hueynacaztli pudo notar que la distribución de sus alumnos era diferente, lo que indicaba que comenzaban a hacer amistades entre ellos.  Buena señal. 

 

El maestro se levantó de su almohadón con un crujido de huesos y carraspeó.  Cuando todos guardaron silencio, comenzó: -Hijitos míos, les voy a hablar de la creación de nuestro padre sol.  “Hace innumerables gavillas de años, después de que se terminó la edad anterior, se reunieron los dioses en la sagrada ciudad de Tollán, para discutir la creación del nuevo sol, ya que no había quién iluminara el mundo.

 “Los dioses discurrieron que era necesario que uno de ellos se inmolara para convertirse en sol y presidir los días.  Y he aquí que Tecuciztécatzin se ofreció para el supremo sacrificio, lo que fue del agrado de sus compañeros dioses.  Pero ellos deliberaron otra vez, y creyeron que era necesario otro dios que se sacrificase, para alumbrar los cielos nocturnos. 

Todos se miraron entre sí, pero nadie más se ofreció para el sacrificio.  Por ello, nuestro señor Ehécatl habló a Nanáhuatl, y le dijo:“¡Oh, Nanáhuatl!  Tú eres un buen candidato para el sacrificio.” “Nanáhuatl dudó, y creyó que no era digno de ofrecerse, pero todos los dioses le miraban, esperando su decisión, por lo que dijo: “Está bien, noble Ehécatl. 

Habré de sacrificarme junto con Tecuciztécatzin.“Durante cuatro días, Tecuciztécatzin y Nanáhuatl ayunaron e hicieron penitencia en los santos altares de Tollán. “Tecuciztécatzin era un dios rico y poderoso, que ofreció granos de copal, y espinas de coral, y pedrería de jade, y mantas de rica pluma.“Nanáhuatl, por su parte, era pobre y buboso, por lo que solamente pudo ofrecer bolas de heno, espinas de maguey tintas en su sangre, y navajas de obsidiana manchadas con la secreción de sus bubas. 

 

“Hacia final del cuarto día, que era Naollin –cuatro temblor-, el brasero sagrado de la gran pirámide estaba animado con un enorme fuego donde habrían de arder los elegidos para que, así purificados, pudieran alumbrar al mundo con su brillo. “Tecuciztécatzin y Nanáhuatl avanzaron por la Calzada de los Muertos, franqueados a ambos lados por una valla que formaron los demás dioses presentes, danzando y tocando tambores, flautas y caracoles; los elegidos subieron por la escalinata del monumento ejecutando otra danza que, adaptada a nuestros tiempos, es nada menos que la danza de Tonatiúh, que se baila todos los días en los rituales del amanecer, ya en el teocalli de Tezcatlilpoca como en el templo de Ehécatl.

 

 “Una vez que ambos dioses estuvieron en la cumbre de la pirámide, tocó el turno a Tecuciztécatzin de probar su valor y arrojarse a la pira.  Levantó los brazos al cielo, lanzó un grito terrible y corrió hacia el fuego... para detenerse abruptamente al borde del mismo.  Todos los presentes corearon el grito de guerra, siguieron ávidamente la corta carrera, y finalmente quedaron estupefactos cuando vieron que Tecuciztécatzin se había detenido junto al fuego, mirándolo con una mueca de profundo terror. “Los dioses comenzaron a murmurar por la indecisión de Tecuciztécatzin, que poco a poco iba retomando su valor.  Unos momentos después, el dios retrocedió unos pasos, volvió a lanzar su horrible grito y corrió hacia el fuego, pero volvió a detenerse antes de arrojarse a la fogata. 

 

“Esta ocasión los demás dioses increparon a gritos al vacilante Tecuciztécatl, echándole en cara su cobardía.  Herido en su orgullo, hizo un tercer intento de sacrificarse, pero con idéntico resultado.  Los dioses le arrojaron cuanto objeto tenían a mano, y empezaron a corear el nombre de su compañero de sacrificio. “Al ver esto, Nanáhuatl cerró fuertemente los ojos, y corrió hacia la hoguera, lanzándose sin vacilar y levantando una nube de chispas.  Mientras el cuerpo del sacrificado ardía levantando una gran llamarada, todos los dioses aclamaban al buboso, y gritaban a coro: “Venerado seas, nuestro señor Nanáhuatzin.

 

“Tecuciztécatl, por su parte, al ver que Nanáhuatzin se había inmolado con decisión, se sintió de tal modo avergonzado que, en un arranque fatal, brincó hacia los restos de la pira, quemándose entre gritos de angustia.  Hueynacaztli hizo una pausa en su relato, para medir la reacción de sus pupilos.  Reinaba un absoluto silencio en la habitación, pero a juzgar por las expresiones de los rostros todos estaban conmovidos.  Satisfecho, reanudó su narración: -La hoguera del sacrificio se había consumido, sumiendo a toda la tierra en la oscuridad.  Los cuerpos del valiente Nanáhuatzin y del indeciso Tecuciztécatl habían sido consumidos por las llamas, pero aun no había rastros de los nuevos astros.  Los dioses se sentaron en sus esteras a esperarlos, preguntándose entre ellos por qué punto del horizonte harían su aparición.  

“La mayoría de los dioses opinaba que aparecerían por el norte, que es la dirección del Mictlán, la casa de los muertos.  Pero había quienes pensaban que lo haría por el poniente, y aún por el sur o el oriente, aunque sus argumentos no eran muy convincentes. “Pero el tiempo pasaba, y los astros no aparecían.  Los dioses comenzaron a desesperar, e incluso hubo quien dijo que el sacrificio de Nanáhuatzin no había prosperado porque sus ofrendas habían sido insuficientes, mientras que el de Tecuciztécatl se había malogrado por culpa de sus dudas. “Varios de los dioses se sintieron ofendidos con esas palabras, y se prepararon para prender a su autor y sacrificarlo, en el momento en que el cielo comenzó a aclarar por el rumbo de oriente. “En medio de los vítores y el regocijo de los dioses, apareció Nanáhuatzin Tonatiúh sobre el horizonte, con gran brillo y calor, justo en el ángulo señalado por la estructura de la gran pirámide. 

 

“Al poco tiempo, emergió junto a él Tecuciztécatl Metztli, con tanto brillo como su compañero,  ofendiendo a los dioses con su osadía.  Sin pensarlo dos veces, nuestro señor Ehécatl cogió un conejo y, con un salto descomunal, se lanzó hacia el impostor y le propinó un fuerte golpe con él, apagando su brillo y dejándole marcado con la figura de ese animal, que aún vemos en la luna. “No tardaron los dioses en darse cuenta que el nuevo astro no se movía.  Alarmados, empezaron a preguntarse entre ellos el motivo de su inmovilidad.  Finalmente, uno de ellos, llamado Tlahuizcalpantencuhtli, se dirigió directamente al sol, diciéndole: “Nanáhuatzin, sabes que debes iniciar tu camino por el firmamento.  ¿Acaso es que no puedes hacerlo?

 

“Enfadado, el astro contestó:“Claro que puedo.  Pero no deseo hacerlo.“¿No deseas hacerlo?  ¿Por qué?“Porque así como yo me he sacrificado, exijo un sacrificio precioso de ustedes.  Un sacrificio de sangre.  Tu sangre, Tlahuizcalpantencuhtli.

 

“Enojado, Tlahuizcalpantencuhtli echó mano de su arco y disparó una flecha al sol.  Pero éste la agarró al vuelo, y la devolvió al dios envuelta en llamas, acertándole en el corazón.“Herido de muerte, el cuerpo de Tlahuizcalpantencuhtli empezó a arder como una tea a la que hubieran embarrado con teotlenextli, hasta consumirse por completo. Su corazón, convertido en brasa ardiente, subió al firmamento para convertirse en estrella, y desde entonces aparece como el lucero de la mañana.“Al ver esto, sus hermanos dioses, que eran conocidos como los centzon-mimixcoa, tomaron sus armas.  Pero Nanáhuatzin, previendo la agresión, se les adelantó y les lanzó nuevas flechas de fuego, que siempre atinaban al corazón de los rebeldes.  Así fue que surgieron tantas brasas como estrellas vemos hoy en el cielo.“Finalmente, se oyó una fuerte voz que decía:“¡Detén tu ira, oh poderoso Nanáhuatzin!

 

“El sol le contestó:“Dime, noble Ehécatl.  ¿Es que temes ser sacrificado?“No creas eso, Nanáhuatzin Tonatiúh.  No temo tu ira, aunque la comprendo.“Sorprendido por esta respuesta, el astro dijo: “Explícate, Ehécatzin. “Te hemos exigido sacrificarte para poder tener un nuevo sol en estas tierras.  Pero no te hemos dado nada a cambio.  Por eso es comprensible.  Pero tu ira está acabando con nuestros hermanos dioses.  Si sigues así, dime, poderoso señor, ¿Quién habitará la sagrada Tollán?  ¿Quién vivirá para apreciar tu sacrificio, para disfrutar de los dones que derramarás sobre estas tierras?“Los argumentos de nuestro señor Ehécatl hicieron meditar a Nanáhuatzin, que después de un tiempo respondió: 

 

“¿Qué debe hacerse entonces? “Debemos crear una raza de hombres.  Así ha sido en otras edades.  Ellos poblarán esta tierra, y gozarán de sus frutos.  A cambio, deberán ser agradecidos y corresponder con su sangre a tu sacrificio.“Sea como lo has dicho, Ehécatzin.   “Dicho lo cual, Nanáhuatzin Tonatiúh comenzó su recorrido por el cielo.  Al llegar al extremo poniente, Nanáhuatzin dijo, antes de ir a su palacio a descansar:“Ocúpate, noble Ehécatl, de que los hombres se sacrifiquen.  De lo contrario, permaneceré en el Mictlán, y desde ahí mandaré fuertes terremotos que asolarán la tierra.  

“Por su parte, Tecuciztécatl Metztli optó por seguir a Nanáhuatzin, pero como el golpe de conejo lo debilitó, no pudo alcanzar la misma velocidad, y es por eso que su camino por los cielos es distinto, a veces iluminando la noche, y otras apareciendo en pleno día. “Mientras Nanáhuatzin recorría los cielos, los centzon-mimixcoa huían de su camino, temerosos de su poder, y terminaron por congregarse junto a su hermano y líder Tlahuizcalpantencuhtli, que los organizó en batallones, con la promesa de guiarlos cada día a la guerra contra el sol, en la que algún día vencerán a su enemigo.  En tanto llega ese día, Tlahuizcalpantencuhtli estará vigilando los movimientos de Nanáhuatzin, a veces delante de él, y otras siguiéndolo, en busca de una mejor oportunidad para vencerlo. -...Y este es el final de la historia.

 

Los tlamachtiltin habían escuchado el relato con absoluta atención.  Se ofendieron con las dudas de Tecuciztécatl; aprobaron con entusiasmo la decisión del valiente Nanáhuatzin para arrojarse a la pira; se angustiaron esperando con los dioses el primer amanecer; aplaudieron el castigo a Tecuciztécatl con el golpe de conejo; siguieron atentamente la batalla del sol con las huestes oscuras, y disfrutaron con la puesta en marcha de los nuevos astros en su camino por el firmamento. Satisfecho con las reacciones de los niños, Hueynacaztli anunció: -Pueden preguntar lo que quieran, hijitos míos. Todos se miraron entre sí. 

Al parecer, ninguno se atrevía a abrir la boca.  El maestro recorrió el salón con cierto desaliento, hasta que se percató que un alumno se había puesto de pié.  Por increíble que pareciera, no le sorprendió darse cuenta que se trataba nada menos que de ese muchacho de piel pálida que llamó su atención cuando entró por vez primera al salón.  Tan pronto como Hueynacaztli fijó su mirada en el niño, éste se inclinó a besar la tierra y quedó postrado, hasta que el maestro dijo:-Muy bien, hijito.  Puedes hablar. -Mi señor, -comenzó Topilli, levantándose.  -Nos has dicho que se trataba de nuestro sol, y comenzaste hablando del fin de la edad anterior.  ¿Puedes hablarnos de ella?-Muy bien, hijito.  Has estado diligente, y te has dado cuenta por mis palabras de que este no es el único sol que ha existido.   -En realidad, éste tampoco es el segundo sol, sino el quinto.  No es mucho lo que sabemos de los soles anteriores, pero les contaré cómo se sucedieron.“Fue nuestro señor Tezcatlilpoca quien primero se hizo sol, y entonces los habitantes de la tierra fueron los gigantes. 

Estos eran criaturas apacibles, que vivían de lo que encontraban, como raíces, frutas y otros vegetales, alimento que llamaban chicomalinalli, siete-hierba.  No sabían labrar la tierra y no se interesaban en cazar para comer carne.  Transcurrieron 676 años antes que el guerrero Tezcatlilpoca, enojado porque los gigantes no le sacrificaban, decidió en un día naocélotl, cuatro-tigre, convertirse en fiera y comérselos, quedando la tierra despoblada y sin sol.  Por eso, se conoce al primer sol como ocelo-tonatiúh o sol de tigres. 

 

“Luego tocó el turno de hacerse sol a nuestro señor Ehécatl, que pobló la tierra con hombres que solo comían acocentli, que es el fruto de los pinos, y al que llamaban matlacocóatl, doce-serpiente.  Pero estos hombres fueron enseñados a sacrificar corazones por Tezcatlilpoca, quien se les presentó disfrazado de hechicero, y esto disgustó a Ehécatl, que en un día naoehécatl dejó de ser sol y se convirtió en un fuerte viento, que destruyó los pinares y acabó con la mayoría de los hombres, mientras que los que quedaron se convirtieron en monos.  Conocemos a este sol como eheca-tonatiúh, sol de viento, y duró 364 años. 

 

“En seguida, se hizo sol nuestro señor Tlaloque, y los hombres que vivieron se alimentaban de acecentli, el maíz de agua, llamándole naoxóchitl, cuatro flor.  Pero estos hombres nunca se ocuparon de honrar a Tlaloque, por lo que, después de transcurridos 312 años, en un día naoquiáhuitl, cuatro lluvia, hizo junto con otros dioses que llovieran del cielo relámpagos y fuego que arrasaron con la humanidad, y los pocos que se salvaron se convirtieron en pájaros.  Este es el xiuh-tonatiúh, sol de fuego. 

 

“El cuarto sol fue nada menos que la hermana de Tlaloque, nuestra señora Chalchiuhtlicue.  Ya en esta edad, los hombres comían el teocentli o maíz silvestre, llamado chicotécpatl o siete pedernal, aunque no aprendieron a cultivarlo.  Pero lo peor es que tampoco honraron a los dioses, y por ello tras 676 años, en un día naoatl, cuatro agua, Chalchiuhtlicue y Tezcatlilpoca inundaron de agua la tierra, convirtiéndose los hombres en peces y quedando nuevamente sin sol el universo.  Fue el a-tonatiúh, el sol de agua. 

 

“Como pueden ver, el problema en cada edad siempre parece haber sido el mismo: que los hombres no agradecieran ni sacrificaran a su dios sol.  Por eso nosotros, los macehualtin, los hombres del quinto sol, debemos ser agradecidos con nuestros dioses, y sacrificarles para que estén contentos con nosotros; así evitaremos nuestra destrucción. Durante esta exposición, Hueynacaztli se percató que el interés de los niños disminuía bastante.  Seguramente debía ser porque, en vez de una historia como la de Nanáhuatzin Tonatiúh, en esta ocasión se limitaba a dar una serie de datos y cantidades, que no incitaban la imaginación de sus oyentes.  Pero respondía la pregunta que le habían hecho, y eso era suficiente.  Al final, dijo: -Esto es lo que sabemos de los cuatro soles anteriores.  ¿Tienes otra pregunta, hijito?-Sí, mi señor. 

¿Puedes decirnos cómo llegamos a esta tierra los hombres del quinto sol?-Es bueno que lo preguntes, porque esa era la otra historia que les iba a contar el día de hoy.  -Como recordarán-, empezó el maestro con su bien modulada voz- nuestro señor Ehécatl convenció a Nanáhuatzin de comenzar su recorrido por los cielos diciéndole que debían crear una raza de hombres para agradecerle y sacrificarle.“Los dioses deliberaron sobre quién sería el encargado de hacer este trabajo, pero no llegaban a ningún acuerdo. 

Finalmente, nuestro señor Ehécatl desesperó, y alzando la voz, les dijo: “He hablado a Nanáhuatzin sobre la creación del hombre que poblará estas tierras.  Por lo tanto, he de ser yo quien se ocupe de este trabajo. “¡Sea como has dicho, noble Ehécatl! -respondieron aliviados los demás dioses.

 

“Así fue que nuestro señor Ehécatl comenzó a prepararse para su viaje a las tierras del norte, del pedernal.  Sacrificó culebras y mariposas, y se allegó de lo que necesitaba para la dura travesía.  Y llegó el día que partió hacia el norte, y tras una larga y azarosa travesía, llegó al fin a las puertas del Mictlán. “Y presentándose ante nuestros señores Mictlantencuhtli y Mictlancíhuatl, les dijo:“Mis señores, vengo aquí por los chalchiomime, los huesos preciosos que ustedes guardan.  Vengo a tomarlos para llevarlos conmigo. 

 

“Muy fácil hablas, Ehécatzin –contestó Mictlantencuhtli.  “Pero como dices, esos huesos son preciosos para nosotros, y no hemos de entregarlos a quien los pida.  ¿Qué harás con ellos?“Poco tiempo ha que Nanáhuatzin Tonatiúh alumbra la tierra.  Y deben crearse hombres que la habiten, para que le agradezcan y sacrifiquen.“Eso no nos incumbe, Ehécatzin.  Deberás buscar otra forma de crear a los hombres. “He venido hasta aquí, mi señor, luchando y pasando penas, porque sé que solamente los hombres que salgan de los huesos preciosos serán dignos de poblar la tierra.  Esos mismos hombres, cuando muertos, vendrán a este reino, para poblar y servirles. 

 

“El señor de la oscuridad quedó pensativo.  Los huesos preciosos eran objeto de adoración por sus súbditos en el reino de las tinieblas, y no era bueno dejarlos sin sacrificar.  Pero ciertamente desde la destrucción de la anterior humanidad, no había quién más que viniera a poblar sus tierras y servirles.“¿Qué respondes, mi señor? –le urgió Ehécatl. 

 

“Está bien –contestó Mictlantencuhtli.  –Pero para llevarlos, deberás hacer sonar mi caracol y dar cuatro vueltas al círculo precioso.  Si lo has hecho bien, en la quinta vuelta el círculo abrirá sus puertas, y entonces podrás tomar los huesos preciosos.“Salido del trono de los dioses oscuros, Ehécatl se dio a buscar el caracol, para lo que fue al teocalli.  Pero el sacerdote no quiso entregarlo, ni dar razón de él.  Entonces esperó a que fuera oportuno, y regresó al templo, entrando sin ser visto.  Y lo encontró: un caracol grande, roído por las olas y la arena del mar.  Con cuidado, lo envolvió en su ayatli y volvió a salir. 

 

“Luego fue a encontrar el círculo precioso.  Visitó muchos lugares del reino, y nadie le daba razón de él.  Por último, regresó al teocalli, y encontró ahí una gran piedra de sacrificio, una piedra redonda grabada con glifos sagrados, corazones y huesos.“Esta debe ser-, pensó Ehécatl, y se dispuso a tocar el caracol.  Pero encontró que no tenía agujeros, y no podía tocarse. “Sacó una espina de coral, se postró en tierra y se sacrificó las orejas.  Tomó de su sangre preciosa con sus dedos, y salpicó con ella la tierra y el caracol, recitando encantamientos propios de los dioses.  Y fue que al oír su voz y sentir su sangre, salieron los gusanos de la tierra, y horadaron el caracol para que pudiera ser tocado. 

 

“Comenzó Ehécatl a dar vueltas a la piedra, tocando el caracol.  Pero aunque dio muchas vueltas, la piedra no entregaba los chalchiomime.  Entonces nuestro señor vio las tallas de la piedra, y supo cómo tenía que dar las vueltas.  “Puso el caracol en el centro, y llamó a las abejas para que entraran en él y lo hicieran sonar, y ellas entraron y lo tocaron.  Dio la primera vuelta, danzando al son del caracol, y al cabo se inclinó como haciendo el tlalcualiztli, tomó un puñado de tierra y lo esparció en la piedra, frente al glifo del océlotl.  Dio la segunda vuelta, y al final de ella sopló sobre el glifo del viento.  Siguió la tercera y al final depositó unas pocas brazas de copalli ardiendo en el glifo del fuego.  Y por último, tras la cuarta vuelta dejó caer unas gotas de su sangre en el glifo del agua. “Con un gran ruido, una parte de la piedra, la que tenía grabado el glifo temblor, se separó del resto y dejó ver un nicho.  Y ahí estaban los chalchiomime, los huesos preciosos, de un lado los huesos de hombre, y del otro lado los huesos de mujer.

 

“Usando de nuevo su ayatli, nuestro señor Ehécatl hizo un atado con los huesos preciosos, mientras decía a su nahualli: “Ve y dile a mis señores que llevaré los huesos, y que pronto volverán.“Mientras esto pasaba, el gran sacerdote del Mictlán y sus acólitos acudieron a los señores de lo oscuro, y dijeron: 

 

“Mi señor Mictlantencuhtli, mi señora Mictlancíhuatl.  Hemos visto un extraño profanando nuestro templo.  Ha encontrado tu caracol, mi señor, y lo ha horadado para hacerlo sonar.  Después ha ido donde el círculo precioso, y ha hecho conjuros para abrir la cámara de los huesos preciosos. “Esta bien teopixqui-, respondieron los señores oscuros.  –Nosotros hemos permitido a Ehécatzin tomar nuestro caracol, y le hemos dicho que fuera al círculo precioso.  Le hemos puesto prueba, para ver si es digno de llevar los huesos preciosos y crear nuevos hombres, que en su día vendrán también a adorar y sacrificar.   

 

“Mis señores, nosotros usamos esos huesos para adorarles y sacrificar.  En tanto lleguen los nuevos sacerdotes, nadie podrá sacrificarles.  ¿Acaso es que ya no desean más sacrificios de nosotros?“Hablas con verdad, teopixqui.  Ve donde Ehécatzin y dile que tiene que dejar los huesos. “Pero los sacerdotes, viendo que nuestro señor Ehécatl ya había partido con los huesos preciosos, salieron tras él y lo siguieron a una cañada, donde nuestro señor perdió pié y cayó, espantando a las codornices que picaban en esa tierra, y quedando como muerto.  Su caída extravió a los sacerdotes del Mictlán, que tuvieron que volver al reino oscuro con las manos vacías. “Cuando volvió de su caída, nuestro señor Ehécatl encontró que los huesos preciosos se salieron del atado y se regaron por la tierra, y fueron roídos por las codornices.  Con gran pesar, le dice a su nahualli:

 

“Los huesos se esparcieron en la tierra, se confundieron y fueron roídos.  ¿Qué haré ahora, nahual mío? “A lo que el nahualli respondió:“Como el negocio ha salido mal, nada puedes perder.  Que resulte como deba ser.“Entonces Ehécatl recoge los huesos y hace un atado, llevándolos en largo viaje hasta Tamoanchán. “Llegado allá, fue donde la diosa Quilaztli, que era cihuacóatl de Tamoanchán.  Ella tomó los chalchiomime, los puso en un metate y los molió juntos.  Luego, los puso en una yollocáxitl, que es una vasija sagrada del teocalli donde se ponen los corazones que se dan de alimento a nuestros señores dioses.  Ahí hicieron danzas y rituales los dioses tlaloques, que eran Apantencuhtli, Tecpanizquitl, Huictlolinquitl, Tlalmanállac y Tzontémoc, además de nuestro señor Ehécatl, quien se hizo sacrificio en el miembro y regó su sangre en los huesos preciosos.“Así fue como se formaron el primer hombre y la primera mujer.  Y cuando se hubieron formado, dijo Ehécatl: 

 

“Han nacido, oh dioses, estos que se llamarán macehualli, los merecidos de los dioses, porque por ellos hemos hecho nosotros sacrificio. -Y así es que todos venimos de esos dos primeros macehualtin-, concluyó Hueynacaztli, contento porque nuevamente había recuperado la atención de sus oyentes.  La historia no había terminado, y el maestro consultó la hora en el tonamachiotl, la marca de sol, que había en esa habitación, para ver si tenía tiempo suficiente para terminarla, antes de dejarlos ir a tomar sus alimentos.  Estaban todavía en la sexta hora, por lo que decidió seguir con su narración. -Estos dos primeros macehualtin se llamaron Oxomoco él, y Citlaltónac ella, nombres que seguramente ustedes ya han oído antes.“Pues bien.  Una vez que estos macehualtin vivieron, los dioses que acompañaban a nuestro señor Ehécatl dijeron: 

 

“¿Qué comerán éstos, oh dioses?  ¿Será acaso que comerán el teocentli?“No será teocentli-, dijo nuestro señor Ehécatl.  –Recuerden, mis señores dioses, que los hombres del a-tonatiúh lo comieron, y no aprendieron a sacrificar.  Debemos buscar un alimento que los enseñe a sacrificar.“Sea entonces el centli, nuestro alimento-. Replicaron ellos.  -Sacrifiquemos para que descienda. “Dicho esto, hicieron los dioses nuevas danzas y rituales, y poniendo en la yollocáxitl unas piedrecillas, nuestro señor Ehécatl se sacrificó en la lengua y las regó con su sangre, formándose unos granos de maíz.  

 “Los dioses dejaron entonces caer a la tierra los granos, para que brotaran y crecieran, pero llegaron las hormigas y cargaron con ellos.  Nuestro señor Ehécatl, al ver que los granos se habían perdido, encontró a una hormiga roja y le dijo:“¿Dónde has llevado el centli? “Mas la hormiga no quiso decirle, a pesar de las muchas preguntas de Ehécatl, por lo que nuestro señor se convirtió en hormiga negra, y siguió a la hormiga roja hasta tonacatépetl, el cerro del alimento.  Ahí encontró los granos de maíz perdidos, y los robó para llevarlos de nuevo a Tamoanchán.“Allí los dioses comieron y sembraron para que creciese la milpa, y sirviese para alimentar también a los macehualtin. “Pero nuestro señor Ehécatl aún no estaba satisfecho, porque pensaba que los hombres debían trabajar para tener su alimento, y sólo así aprenderían a adorar y sacrificar a sus dioses.“No es el alimento, sino el trabajo lo que ellos necesitan-, dijo a sus hermanos dioses.

 

“Entonces se fue nuestro señor donde Oxomoco, y le enseñó cómo y cuándo debía cultivar y cuidar el centli, y cómo y cuando debía cosecharlo.  Y se fue donde Citlaltónac, y le enseñó cómo y cuándo debía molerlo y cocinarlo, para que pudieran comerlo. -Y luego les enseñó muchas otras cosas, para que pudieran poblar esta tierra y vivir en ella, siempre recordándoles adorar y sacrificar a sus dioses.  Ellos a su vez lo enseñaron a sus hijos, y éstos a los suyos, y así ha sido hasta hoy, en que les enseñamos a ustedes, nuestros hijitos. El grupo mantenía un silencio expectante, pero ahora sí la historia había terminado, por lo que el maestro dijo: -Si no tienen preguntas, hijitos míos, es tiempo de que vayan a comer.  Todos menos cuatro de ustedes, que el día de hoy habrán de ayunar y servir en el teocalli.  ¿Alguno de ustedes quiere hacerlo, o tendré que señalarlos yo?Tras una breve pausa, se levantó Topilli para ofrecerse, y tras él se levantaron los tres niños que le acompañaron en la comida, y que ahora estaban sentados junto a él. 

Aportación de José Luís Barcena, de una novela en preparación, marzo 09. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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