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ALTIPLANO CENTRAL MEXICANO

  • Categoría: Biblioteca Tolteca
  • Publicado el Sábado, 15 Julio 2017 00:58
  • Escrito por Guillermo Marín
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FUNDACIÓN CULTURAL ARMELIA SPITALIER
La zona del Altiplano Central mexicano comprendió, además del Altiplano en sí mismo, la cuenca del valle de México, cuya principal característica fue su ambiente lacustre. Probablemente los sitios arqueológicos más antiguos de esta región sean El Arbolillo, Tlatilco y Zacatenco. El Arbolillo se situaba en la actual zona del Estado de México, cerca de las orillas de un gran lago. Tlatilco estaba acunado en una planicie aluvial localizada por el Río Hondo, donde la agricultura era la actividad más importante. Zacatenco, por su parte, se encontraba escarpado.

Desde el periodo Preclásico, los grupos asentados en esta región basaron su alimentación en el cultivo del maíz, la calabaza y el frijol. La agricultura generalmente se practicaba en las tierras bajas, inundadas por las aguas del lago. La tecnología ya presentaba un cierto desarrollo y sufrió pocos cambios durante este periodo. Los habitantes aprovecharon los materiales que producía la zona, como la piedra volcánica y de río, el hueso, la obsidiana y la arcilla. Se elaboraron morteros y manos para machacar semillas, metates para moler maíz, raspadores para trabajar las pieles, puntas de proyectil para la caza, y ya se contaba con una cerámica elaborada especialmente para fines domésticos. Destacó la cerámica tipo “El Arbolillo” en Tlatilco y Zacatenco, así como algunos artículos de concha traídos tal vez de algunos sitios cercanos.

La mujer participaba en la elaboración de los alimentos, la siembra, la recolección y el cuidado de los niños. El hombre se dedicaba a la caza, la pesca, los cultivos y otras actividades. La alfarería pudo ser ocupación de ambos sexos y supuso el inicio de la división del trabajo.

Los habitantes del Preclásico eran sedentarios, tenían chozas construidas con paja, troncos y lodo agrupadas en pequeñas aldeas. Desde entonces se acostumbraba inhumar a los muertos ya fuera en campos o en los suelos de las casas. La organización social y política era local y a pequeña escala, sin jerarquías complejas. Se notó un especial culto a la fertilidad que se asoció con la agricultura y se presentaron algunas relaciones comerciales entre los grupos vecinos.

Conaculta/INAH Templo de Quetzalcóatl, Teotihuacán, Estado de México.
Foto: Mauricio Marat
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Durante el Preclásico Medio, Tlatilco presentó un importante adelanto cultural: comenzó a elaborar figurillas con representaciones antropomorfas o escenas de la vida diaria. Se inició una nueva organización urbana acompañada de servicios públicos, además de una mayor definición de las clases sociales. Apareció el culto a una deidad con rasgos felinos relacionada con el agua y la agricultura, inicialmente representada como una especie de “dragón celeste” que evolucionó hasta convertirse en la serpiente emplumada, como se observa en el Templo de Quetzalcóatl de Teotihuacán. En Tlatilco ya existía un antecedente del que sería Huehuetéotl, el dios del fuego: la figura de un viejo jorobado que porta un brasero en la cabeza.

Durante este periodo hubo, al parecer, una migración procedente del Pánuco, la cual se dispersó por la Costa del Golfo, el actual estado de Morelos y la cuenca de México. Estos grupos tenían cierta influencia olmeca que pudo observarse en Chalcatzingo, Atlihuayán, Tlatilco, Tlapacoya, entre otros.

Al finalizar el Preclásico los sitios arqueológicos fueron más numerosos, en parte por el aumento de la población. Destacaron Zacatenco, Ecatepec, Cuicuilco, Ticomán, Tlapacoya, Azcapotzalco y Teotihuacán, caracterizados por sus construcciones cívico-religiosas.

La alfarería siguió la tradición local con influencias de Occidente, como la cerámica negativa y policroma. En el cerro del Tepalcate se encontró cerámica procedente de Chupícuaro, trasladada tal vez por el comercio; el tipo es bicromo y policromo, e influyó en el estilo alfarero local propiciando nuevas creaciones, principalmente en Azcapotzalco y Xico.

El culto a los dioses demandó la edificación de templos destinados a su adoración; se inició la construcción de basamentos escalonados de grandes proporciones para formar pirámides. Uno de los primeros templos prehispánicos fue el Cerro del Tepalcate, ubicado en el Estado de México. La estructura se componía de una plataforma con muros de piedras irregulares y de tepetate que sostenía una choza rectangular sobre un piso de lodo pulido. Este templo fue ampliado en varias ocasiones y cada vez que se realizaba una ampliación el templo era quemado. Salvo el caso de Cuicuilco, que tiene algunos basamentos de planta circular, todos los demás edificios de la cuenca de México eran de planta rectangular y con apariencia de pirámides incompletas. El basamento piramidal de Tlapacoya mostraba ya una tendencia a la majestuosidad, pero esto se logró después de una serie de ampliaciones en su estructura; fue el antecedente arquitectónico de la Pirámide del Sol en Teotihuacán.

Conaculta/INAH Cuiculco, Ciudad de México.
Foto: Mauricio Marat
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Tlapacoya dio algunos elementos que no se habían observado antes en la cuenca de México, como la pintura al fresco, el reborde basal, el asa de vertedera sin puente, las escalinatas con angostas alfardas, una deidad antecedente de Tláloc y cerámica similar a la de Chupícuaro, lo cual estableció la transición hacia el periodo Clásico.

El periodo Clásico representó una fuerte integración cultural macro-regional y estableció una tradición compartida. Destacaron elementos tales como formas arquitectónicas similares (variantes del talud-tablero), el establecimiento de ricas redes de intercambio a larga distancia, la concepción del templo como eje económico y religioso, la difusión del calendario ritual de 260 días y del agrícola de 365 días, un panteón en el que dominaba el dios de la lluvia y el desarrollo de diversos sistemas de escritura.

La ciudad más importante del Altiplano desde el Clásico Temprano fue Teotihuacán, cercana a las minas de obsidiana de Otumba y a la Sierra de las Navajas en Pachuca, así como al sistema lacustre de Texcoco. Su posición era estratégica y representaba una de las rutas de comunicación más sencillas entre la cuenca de México y la Costa del Golfo.

No se conoce a ciencia cierta de dónde provinieron los habitantes de Teotihuacán, pero es muy probable que hayan sido el resultado de diversas migraciones, así como de las relaciones comerciales que ya tenía el centro de México con pueblos vecinos; la civilización teotihuacana es la síntesis de la fusión de estas tradiciones.

Conaculta/INAH Teotihuacan, Estado de México.
Foto: Mauricio Marat
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Su producción artesanal fue una de las más reconocidas en el mundo prehispánico y su intercambio comercial llegó a lugares tan alejados como el sur de Mesoamérica. Destacó el trabajo en obsidiana, especialidad artesanal que estuvo bajo la protección de los sacerdotes. Con este material se elaboraban navajillas, cuchillos y puntas, principalmente. También se trabajó el basalto para crear morteros; la andesita, utilizada en la arquitectura; y la pizarra, usada con fines rituales, sobre todo en los funerarios. Se elaboró una cerámica denominada Anaranjado San Martín, que básicamente consistía en cazuelas para cocinar y ánforas. Destacaron también los “floreros”, los “candeleros” y los vasos trípodes con tapa.

La ciudad de Teotihuacán fue una de las primeras metrópolis con una compleja planeación urbana que incluía calzadas, sistema de drenaje subterráneo, templos –en los cuales resaltan el uso del talud-tablero y el revestimiento de estuco–y división de barrios. Las estructuras más sobresalientes fueron la Pirámide del Sol y la Pirámide de la Luna, así como el Templo de Quetzalcóatl.

El Clásico Tardío estuvo relacionado con la decadencia de Teotihuacán, cuyo centro fue saqueado e incendiado. Su fin pudo deberse a diversos factores, como las invasiones de grupos bárbaros, la deforestación y el debilitamiento del sistema económico y político. Cuando Teotihuacán colapsó, la población comenzó a salir de la urbe dejando desolada la gran ciudad y varios grupos de la población se asentaron en zonas menos habitadas de la cuenca de México, lo cual provocó el crecimiento poblacional súbito en lugares como Texcoco, Chalco-Xochimilco e Ixtapalapa.

La caída de Teotihuacán fue un hecho relacionado con el inicio del Epiclásico (600/700 d. C.-900/1000 d. C.) –lapso de transición entre el Clásico y el Posclásico–, periodo caracterizado por eventos bien definidos que surgieron en la zona del Altiplano Central. Durante el Epiclásico se asentaron nuevos centros de poder que destacaron por una fuerte tendencia militarista. Estaban ubicados en zonas defensivas y de difícil acceso, como es el caso de Xochicalco, Cacaxtla, Cholula y Tula; en los dos primeros aún se pueden apreciar murales con frecuente temática bélica.

Conaculta/INAH Xochitecatl, Tlaxcala
Foto: Melitón Tapia
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Tula Chico fue probablemente el centro más importante fundado durante el Epiclásico. Su plaza central estaba formada por una gran extensión y el diseño interno de la ciudad fue más complejo que el de otros sitios de la misma época, por lo menos en la región del actual estado de Hidalgo. Contaba también con dos canchas de juego de pelota, pirámides con basamentos y residencias destinadas a las altas clases sociales.

Cacaxtla y Xochitécatl alcanzaron su máximo esplendor y controlaron sitios menores. Cacaxtla fue una ciudad palaciega, con edificios porticados y pequeños patios cerrados, muros pintados y remates de muros formados con una serie de tableros sobrepuestos. Por su parte, Xochitécatl tuvo una segunda ocupación durante este periodo, ya que había sido abandonado después del Preclásico Tardío. Se puede considerar también un centro urbano por su moderna distribución interna y sus estructuras arquitectónicas de gran volumen con una evidente función cívico-religiosa. Tanto Cacaxtla como Xochicalco coincidieron en las construcciones y calzadas fortificadas y remozadas con elementos iconográficos de carácter militarista. En su apogeo, Xochicalco extendió su dominio a la región morelense, a la serranía del Ajusco, y por el sur abarcó hasta la Mixteca baja al este, y por el oeste la región del río Balsas.

Conaculta/INAH Xochicalco, Morelos.
Foto: Mauricio Marat
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Los sitios del Epiclásico se han identificado por la presencia de un complejo cerámico denominado Coyotlatelco, aunque existieron simultáneamente otras tradiciones cerámicas. El Coyotlatelco sustituyó la tradición alfarera teotihuacana pero preservó algunos de sus elementos, como la técnica del acabado superficial y las formas representadas por cajetes semiesféricos con anillo basal, cajetes con fondo plano y paredes divergentes con o sin soportes trípodes, y cajetes con fondo ligeramente redondeado, así como las flores de cuatro pétalos y el glifo “ojo de reptil”. Aparecieron nuevos elementos como el uso de colores más claros en las superficies y la decoración pintada principalmente de color rojo sobre el color natural del barro. Probablemente una de las características más sobresalientes del complejo Coyotlatelco fue la variación de los motivos decorativos, como la combinación de elementos en forma de “S”, de “X”, líneas paralelas, tablero de ajedrez, motivos geométricos complejos, rayos, ganchos y grecas.

El Epiclásico se fue definiendo conforme se establecieron las ciudades-estado conquistadoras del Posclásico, periodo en el que aparecieron las últimas culturas formales de Mesoamérica: toltecas, chihimecas y mexicas.

Tula-Xicocotitlan se localizó al suroeste del actual estado de Hidalgo, a 70 km al norte de la ciudad de México, entre los ríos Tula y de las Rosas. Poseía un clima favorable para la agricultura, enriquecida con la construcción de estratégicas obras de regadío. La fecha más probable de su fundación es el 900 d. C. Sus orígenes iniciaron con la llegada del caudillo Mixcóatl y su grupo de toltecas-chichimecas, que provenían del noroeste de Mesoamérica. Se apoderaron de varias secciones de los valles centrales y se mezclaron con la población local. Continuaron su expansión hacia lo que es hoy el estado de Morelos, donde Mixcóatl tuvo un hijo con una mujer llamada Chimalma; ese hijo fue Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl. Cuando Mixcóatl fue asesinado, Topiltzin adoptó el nombre de Quetzalcóatl para convertirse en sacerdote y trasladó la capital tolteca-chichimeca primero hacia Tollantzinco y finalmente a Tula-Xicocotitlan.

Zona arqueológica de Tula, Hidalgo.
Foto: Laura Castañeda, 2000.

La época de esplendor de Tula fue la fase Tollan (950 d. C.-1150 d. C.). Sobresalieron varios tipos de cerámica, aunque no se ha podido determinar el origen de algunos, como el Coyotlatelco y el Mazapa, que tenían fines prácticos y domésticos, con elaboración y estilo sencillos. Predominaron las formas globulares sin soportes con decoraciones en café oscuro, rojo sobre bayo, y con elementos geométricos, principalmente líneas onduladas rojas y decoración negativa. Esta cerámica pudo tener influencia tanto de Querétaro, el Bajío y otras zonas más septentrionales, como de las tradiciones teotihuacanas, en especial del tipo Anaranjado delgado.

Tula adoptó dos tradiciones cerámicas extranjeras: la Plumbate tipo Tohil –originaria del Soconusco, Chiapas, y las regiones fronterizas de Guatemala– y la Anaranjada fina del sur de Veracruz. La cerámica Plumbate era muy común en Tula y se difundió desde el centro de México hasta El Salvador, en Centroamérica. Era una cerámica semivitrificada muy activa debido a su color oscuro plomizo brillante de apariencia metálica, resultado de la exposición a las altas temperaturas de las particulares arcillas de la región. Las decoraciones podían ser tipo efigies de animales, seres humanos o dioses. Esta cerámica se volvió más popular durante la fase Tollan y estaba relacionada con el tributo e intercambio comercial del cacao en la región. En su apogeo, Tula quizá fue un distribuidor de la cerámica Plumbate, apreciada como un artículo de lujo junto con los valiosos granos de cacao.

En la ciudad sobresalieron las gigantes estructuras conocidas en la actualidad como los Atlantes, que en realidad son cariátides de 4.6 metros de altura con evidentes atributos bélicos. Destacaron también los chacmool, los tzompantli, los palacios techados con patios centrales abiertos, las largas banquetas ceremoniales y las esculturas de guerreros.

Cariátides (Atlantes) Tula, Hidalgo.
Foto: Joel Santos Ramírez, 2000.

La caída de Tula está fechada en el año 1156 d. C., bajo el gobierno de Huémac, y seguramente se debió a diversos factores, entre ellos los conflictos internos con otros grupos como los nonoalcas y los huastecos, invasiones a la ciudad por gente proveniente de la cuenca del Altiplano Central, y la desintegración del sistema tributario.

Los chichimecas fueron otro grupo predominante durante el Posclásico del Altiplano, considerados durante mucho tiempo como simples bárbaros, carentes de refinamiento y cultura, contario a lo que se pensaba de los toltecas. Chichimeca significa ‘la gente que vive en Chichiman’, y Chichiman se traduce como el ‘Lugar de los perros’. Se trata de un nombre-concepto –como en el caso de Aztlán para los mexicas–, pues no se ha podido determinar el lugar específico del cual se habla; se refiere, más bien, a un punto mítico, cercano a la divinidad.

Los chichimecas conocían un poco de agricultura –en su mayoría eran recolectores– y conformaron sociedades estratificadas dirigidas por un gobernante al cual le otorgaban tributos. Eran artesanos, lapidarios y amantecas. Estaban divididos en varios sub-grupos con diferencias culturales significativas, que fueron causa de los conflictos por el poder político y económico que caracterizó a la historia chichimeca en el Altiplano Central mexicano.

En el siglo XII se desintegró Tula y de ahí partieron los tolteca-chichimecas para establecerse en Cholula, donde quedaron bajo el dominio de los olmeca-xicalanca. Después, los tolteca-chichimeca se rebelaron y se apoderaron del gobierno de Cholula. Los tolteca-chichimeca que allí se asentaron estaban divididos en dos grupos: los calmecatlaca y los calpulleque. Conquistaron varios señoríos de filiación olmeca, se apoderan de las tierras y los trabajadores, y fundaron casas señoriales.

El último de los grupos chichimecas que se estableció definitivamente en la cuenca de México durante el Posclásico fueron los mexicas, quienes se constituyeron como la principal fuerza política del área cultural. Los mexicas realizaron un largo recorrido buscando un sitio propicio para asentarse. Decían provenir de una isla llamada Aztlán, de donde huyeron de los excesivos tributos que exigían los señores. Su guía fue su dios y señor, Huitzilopochtli. En su recorrido pasaron por lugares como Tula, Atotonilco, Apazco, Acolhuacan, Cahapultepec, Culhuacan y Tizapan. Finalmente, como se los había ordenado su dios guía, escogieron un islote para establecerse. De esta manera se fundó la ciudad de México Tenochtitlan en el año 2 calli, 1325 de nuestra era.

Conaculta/INAH Coyolxauhqui, Tenochtitlan, Ciudad de México.
Foto: Mauricio Marat
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El nuevo hogar de los mexicas estaba bajo el dominio de Azcapotzalco, con quien tuvieron frecuentes discordias, hasta que por medio de la “Triple Alianza” –conformada por Tlacopa, Texcoco y Tenochtitlan– la ciudad mexica pudo desligarse de su sometimiento y dar inicio a uno de los más grandes procesos de expansión cultural del área mesoamericana, por lo menos hasta la llegada de los españoles, quienes derrotaron la casa tenochca con la Conquista en 1521.
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Tomado de:
http://www.fundacionarmella.org/altiplano-central-mexicano/

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