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Bucareli: el secreto que nos condena al subdesarrollo

  • Categoría: Biblioteca Tolteca
  • Publicado el Martes, 18 Septiembre 2018 13:32
  • Escrito por Guillermo Marín
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Pedro Salmerón Sanginés /I
Periódico La Joranda
18 septiembre 2018.
La Revolución Mexicana abrió un largo conflicto entre México y Estados Unidos (EU) sobre la propiedad y explotación de las riquezas del subsuelo, en particular el petróleo. El tema del petróleo venía, por lo menos, desde 1914 y no se resolvería hasta 1942, alcanzando momentos críticos en 1919, 1926 y 1938. En el origen estaba la liberalidad extrema con que el porfiriato había recibido a los explotadores de petróleo y las ilimitadas y fraudulentas concesiones que recibieron, de las que resultó que en las regiones imperara la ley de las compañías y el saqueo de nuestra riqueza sin dar al país beneficio mayor al perjuicio causado.

En 1923 se vivió uno de los episodios más polémicos de ese conflicto, cuando representantes de ambos países discutieron durante semanas las condiciones que ponía EU para reconocer a nuestro gobierno: las llamadas conferencias de Bucareli. Formalmente, de esas conferencias resultaron dos convenciones de reclamaciones para resarcir los daños causados a estadunidenses, si se encontraban justificadas. Y la reanudación de las relaciones diplomáticas bilaterales.

Más allá de esos acuerdos, el tema verdaderamente importante que se trató en las conferencias fue el petrolero, en el que no se llegó a ningún compromiso formal; sin embargo, para muchos detractores del presidente Álvaro Obregón (y en general, de los gobiernos que se reclaman emanados de la Revolución), sí se alcanzó ahí un compromiso informal (consignado en las minutas de las conferencias, que se han publicado varias veces) que para algunos constituye una auténtica traición a la patria, y que consistiría en no aplicar a los estadunidenses las estipulaciones del artículo 27 constitucional en materia de petróleo y tierras.

¿Existieron esos pactos extraoficiales? Sí, si creemos que lo platicado por los representantes diplomáticos es, por el hecho de platicarlo, un acuerdo. Evidentemente no ni por sus efectos ni sus resultados: apenas dos años después el Congreso de la Unión estaba discutiendo las leyes reglamentarias del artículo 27, y ante reclamación del Departamento de Estado estadunidense, el canciller mexicano fijó con claridad la postura oficial de nuestro gobierno:

De las conferencias [de Bucareli] no resultó ningún acuerdo for­mal, fuera de las convenciones de reclamaciones que se firmaron tras la reanudación de las relaciones diplomáticas. Aquellas conferencias se limitaron a un in­tercambio de expresiones, y en ellas Obregón manifestó su de­seo de un entendimiento con EU como con los demás países de la Tierra.

La legislación aprobada en 1926 sometió a las firmas petroleras a las leyes mexicanas y 12 años después, se produjo la expropiación de los bienes de esas compañías. Ambos hechos positivos habrían sido imposibles de haber existido aquel pacto secreto o si dicho pacto hubiese tenido validez o legalidad.

Criticables en muchos aspectos, los llamados acuerdos de Bucareli han sido analizados y desglosados por historiadores como Lorenzo Meyer, Leonardo Lomelí, Jean Meyer, Pedro Castro y muchos más. Ninguno vio en tales acuerdos otra cosa que lo arriba sintetizado.

Sin embargo, de algún tiempo acá me hallo con cada vez mayor frecuencia videos, conferencias y páginas de Internet donde se asegura que, además de lo anterior, en las Conferencias de Bucareli se llegó a otros tratados, que se han mantenido vigentes y secretos, por los cuales se prohíbe a México construir industria pesada, adquirir armamento, invertir en investigación y desarrollo u otra suerte de compromisos semejantes, según el propagandista en cuestión.

La idea de un pacto de ese tipo (legalmente no es, no puede ser un tratado) es tan absurda como risible. Implicaría que todos los presidentes y todos sus colaboradores (incluidos personajes como Cárdenas, Múgica, Torres Bodet o Reyes Heroles) hayan sido culpables –o cómplices– de traición a la patria. Implicaría unos niveles de secrecía nunca vistos. Implicaría la creencia en conspiraciones mundiales y gobiernos secretos.

Como resulta que tienen esas creencias, habrá que hacer un ejercicio complicado: demostrar la inexistencia de un pacto inexistente, con base en la historia concreta de la industrialización, el desarrollo, el armamento y el Ejército. Acompáñenme en ese ejercicio.

Pd: la documentación original sobre las conferencis de 1923 y el conflicto diplomático de 1925-1927 en Aarón Sáenz, La política internacional de la Revolución. La historia de largo aliento sobre el tema en Lorenzo Meyer, Los orígenes del nacionalismo petrolero. Las causas y efectos de la expropiación en Adolfo Gilly, La utopía cardenista.

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Blog: lacabezadevilla.wordpress.com

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