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UNA CIERTA DIVERSIFICACIÓN DEL SABER Dr. Miguel León Portilla.

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UNA CIERTA DIVERSIFICACIÓN DEL SABER
<br>Dr. Miguel León Portilla.
Conocida así positiva y negativamente la figura de los sabios nahuas, la mejor manera de terminar este primer capítulo comprobatorio de la existencia de un saber filosófico náhuatl será presentando un último texto que ahora por vez primera se traduce íntegramente al castellano. Su importancia está en el hecho de que se menciona en él la existencia de sabios al lado de sacerdotes, asignándose a ambos grupos diversas funciones. En otras palabras, se pone de manifiesto que se tenía conciencia de que, además del saber estrictamente religioso, había otra clase de saber, fruto de observaciones, cálculos y reflexiones puramente racionales que, aun cuando podían relacionarse con los ritos y prácticas religiosas, eran en sí de un género distinto.

Precisamente los problemas descubiertos por los sabios nahuas,
expuestos al principio de este capítulo, son resultado de tales meditaciones; son la expresión de sus dudas acerca del sentido de la
vida y del más allá. Y que no se trata ya del saber religioso lo demuestra el hecho de la duda: el sacerdote, en cuanto tal, cree. Puede
sistematizar y estudiar sus creencias, pero nunca aceptará problemas
sobre aquello mismo que su religión profesa. Por esto, puede decirse
que, aun cuando originariamente los tlamatinime pertenecieran a
la clase sacerdotal, en su papel de investigadores eran algo más que
sacerdotes.

Pues bien, es del libro de los Coloquios de los doce de donde pro-
cede el texto que habrá de mostrarnos esta diversificación de cono-
cimientos y preocupaciones. Como ya se ha estudiado el origen y
valor histórico de esta obra al hablar de las fuentes, podemos entrar
ahora directamente en materia.30 Nos encontramos aquí a los frailes
adoctrinando a un grupo de señores principales en la recién conquistada Tenochtitlan. Con la instrucción se ha mezclado la conde-
nación de las antiguas creencias indígenas. Los indios escuchan en
silencio. Tan sólo cuando los frailes dan por terminada su lección,
lo inesperado sucede. Se pone de pie uno de aquellos principales y
?con toda cortesía y urbanidad? manifiesta cautelosamente su disgusto al ver así atacadas esas costumbres y creencias ?tan estimadas
por sus abuelos y abuelas? y, confesando no ser él gente sabia, afirma en seguida tener sus maestros, entre los que enumera a las varias
clases de sacerdotes, a los astrónomos y a los sabios, quienes sí podrán
responder a lo que los frailes han dicho:

1 Mas, señores nuestros (dice),
2 hay quienes nos guían,
3 nos gobiernan, nos llevan a cuestas,
4 en razón de cómo deben ser venerados nuestros dioses,
5 cuyos servidores somos como la cola y el ala,
6 quienes hacen las ofrendas, quienes inciensan,
7 y los llamados Quequetzalcoa.
8 Los sabedores de discursos,
9 es de ellos obligación,
10 se ocupan día y noche,
11 de poner el copal,
12 de su ofrecimiento,
13 de las espinas para sangrarse.
14 Los que ven, los que se dedican a observar
15 el curso y el proceder ordenado del cielo,
16 cómo se divide la noche.
17 Los que están mirando (leyendo), los que cuentan (o refieren lo
que leen).
18 Los que vuelven ruidosamente las hojas de los códices.
19 Los que tienen en su poder la tinta negra y roja (la sabiduría) y
lo pintado,
20 ellos nos llevan, nos guían, nos dicen el camino.
21 Quienes ordenan cómo cae un año,
22 cómo sigue su camino la cuenta de los destinos y los días y cada
una de las veintenas (los meses).
23 De esto se ocupan, a ellos les toca hablar de los dioses.31

Comentario del texto:
Líneas 2-7. hay quienes nos guían, nos gobiernan, nos llevan a cuestas, en razón de cómo deben ser venerados nuestros dioses, cuyos servidores somos como la cola y el ala, quienes hacen las ofrendas, quienes inciensan, y los llamados Quequetzalcoa.

UNA CIERTA DIVERSIFICACIÓN DEL SABER
<br>Dr. Miguel León Portilla.


En el Códice matritense de la Real Academia, f. 119r y siguientes,
se mencionan ?después de haber hablado de los sabios? más de
30 clases distintas de sacerdotes. Aquí, en el texto de los Coloquios,
se termina esta breve enumeración de las diversas especies de sacer-
dotes refiriéndose a los Quequetzalcoa o pontífices. Sahagún mismo
señala claramente en varias ocasiones que el título de Quetzalcóatl se
daba a los sumos sacerdotes o pontífices; así nos dice hablando de
uno de ellos que ha dirigido un discurso al nuevo rey: ?el orador que
hacía esta oración era alguno de los sacerdotes muy entendido y gran retórico, alguno de los tres sumos sacerdotes, que como en otra parte se dijo, el uno se llamaba Quetzalcóatl?.32
Línea 8. Los sabedores de discursos.

Tlatolmatinime, cuyo significado literal es ?sabios de la palabra?.
Sin duda se trata aquí también de los sacerdotes, ya que a continua-
ción en las líneas siguientes se señalan varios de los quehaceres principales de estos sabedores de discursos.
Líneas 14-15. Los que ven, los que se dedican a observar el curso y el
proceder ordenado del cielo.

El curso y el proceder ordenado del cielo: in iohtlatoquíliz in inema­
tacachóliz in ilhuícatl. Dado el rico contenido ideológico de estos
términos se hace aquí un breve análisis de ellos. I­oh­tlatoquíliz:
es ésta una palabra compuesta del prefijo i­ (su...) que se refiere a
ilhuícatl: el cielo; oh­ es el radical de ohtli: camino, y finalmente tlatoquiliztli (corrimiento), sustantivo derivado del verbo tlatoquilia:
correr. Uniendo estos elementos puede darse esta versión más completa de i­oh­tlatoquíliz: el corrimiento por el camino del cielo, o sea el curso de los astros, que siguen su camino. El otro término: inematacachóliz, está formado por el mismo prefijo i­ (su...) que se refiere también al cielo; ne­ es otro prefijo personal indefinido: algunos;
ma­: radical de máitl, mano; taca: poner, colocar; y chóliz(tli), sustantivo derivado del verbo choloa: huir. Uniendo estos elementos,
la voz i­ne­ma­taca­chóliz puede traducirse así: coloca la mano so­
bre la huida del cielo, o sea que va midiendo, con su mano, la huida
o recorrimiento de los astros. Esta idea de que los astrónomos
nahuas no sólo observaban sino medían encuentra doble compro-
bación en el calendario, que supone rigurosos cálculos matemáticos,
y en el más obvio hecho de que la máitl (mano) era precisamente
una medida entre ellos.
Líneas 17-19. Los que están mirando (leyendo), los que cuentan (o
refieren lo que leen). Los que vuelven ruidosamente las hojas de los códices. Los que tienen en su poder la tinta negra y roja (la sabiduría) y lo pintado.

Se alude aquí a otra de las ocupaciones principales de los tlamatinime o sabios nahuas: leen y comentan la doctrina contenida en
los códices. Con una viveza y un realismo maravillosos, se los muestra ?volviendo ruidosamente las hojas de los códices?, cosa inevitable ya que, siendo éstos largas tiras de papel hechas con cortezas
de amate (ficus petiolaris) secas y endurecidas, al irse desdoblando
necesariamente producían un ruido característico que evocaba la
figura del sabio.

Líneas 21-22. Quienes ordenan cómo cae un año, cómo sigue su ca­
mino la cuenta de los destinos y los días y cada una de las veintenas
(los meses).

Son éstos los conocedores de los calendarios: el tonalpohualli o
cuenta de los destinos, calendario adivinatorio, en función del cual
se leían, desde el nacimiento hasta la muerte, los sinos que influían
en la vida de los hombres y en el acaecer del mundo; y el xiuhpo­
hualli o cuenta de los años, formada de 18 veintenas (o meses), a
los que se añadían 5 días más ?los nefastos nemontemi? para completar el año solar de 365 días. Exigiendo estos calendarios complicados cálculos matemáticos, de rigurosa exactitud y universalidad, puede con razón afirmarse que su conocimiento y manejo constituía algo muy semejante a una ciencia.

Notable paralelismo guarda la descripción que aquí se hace de los
tlamatinime o sabios nahuas con la dada por los viejos informantes
de Sahagún: tanto aquí como allá se dice que ellos son los que poseen e interpretan los códices, los que guardan la tinta negra y roja,
in tlilli in tlapalli, expresión idiomática náhuatl que, como vimos,
significa escritura y sabiduría. Aparece también aquí el sabio como
guía, como persona que muestra el camino a los otros: expresiones
casi idénticas se encuentran en el texto ya anteriormente ofrecido.
Tan interesante concordancia, no buscada, ni artificial, pone de
manifiesto una vez más la existencia de auténticos sabios o tlamatinime entre los nahuas.

Es más: la clara distinción hecha entre sacerdotes ?líneas 2 a
13? y sabios (astrónomos, poseedores de códices y del saber, cono-
cedores del calendario y la cronología) ?líneas 14 a 23? confirma
lo que se ha venido diciendo: tanto los indios informantes de Sa-
hagún, como los que respondieron a los doce frailes, tenían con-
ciencia de que había algo más que el mero saber acerca de sus dio-
ses y sus ritos.

Había hombres capaces de percibir problemas en el ?sólo un
poco aquí? de todo lo que existe ?sobre la tierra?; en la fugacidad
de la vida que es como un sueño; en el ser del hombre, acerca de
cuya verdad ?de su estar o no en pie? poco es lo que se sabe, y fi-
nalmente en el misterio del más allá, donde quién sabe si hay o no
un nuevo existir con cantos y flores. Por otra parte, esos hombres
capaces de oír dentro de sí la voz del problema son los mismos que
componen los cantares donde están las respuestas; de ellos es la tinta negra y roja: escritura y sabiduría. Escriben y leen en sus códices. Son maestros de la verdad, tratan de hacer tomar una cara a
los otros; se empeñan en ponerles un espejo delante para hacerlos
cuerdos y cuidadosos. Y sobre todo investigan con curiosidad insaciable. Aplican su luz sobre el mundo, sobre lo que existe en tlaltícpac, y osadamente tratan de inquirir también acerca de ?lo que nos sobrepasa, la región de los muertos?.

Y aún hay más. Reflexionando sobre su propia condición de
sabios y constatando en sí mismos un anhelo irresistible de investigar y conocer el más allá ?lo que está por encima del hombre?
certeramente llegan a expresar, engastada en un símbolo, la que
podríamos llamar versión náhuatl del ?nacer condenado a filoso-
far?, de que habla el doctor José Gaos:

1 Dicen que para nacer (el tlamatini): cuatro veces desaparecía del
seno de su madre, como si ya no estuviera encinta y luego aparecía.
2 Cuando había crecido y era ya mancebillo, luego se manifestaba
cuál era su arte y manera de acción.
3 Decíase conocedor del reino de los muertos (Mictlan­matini), conocedor del cielo (Ilhuícac­matini).

Y a estos ?predestinados a saber?, a los tlamatinime, que en náhuatl quiere decir los conocedores de cosas: del cielo y de la región de
los muertos, Sahagún los llamó filósofos, parangonándolos con los
sabios griegos. Por nuestra parte opinamos que lo hizo sobre una base de evidencia histórica. Los textos nahuas presentados ?que no son los únicos que pudieran aducirse? constituyen nuestras pruebas.

Toca al lector valorizarlas, en función de lo expuesto al tratar de las
fuentes, para formarse por sí mismo un criterio en esta materia.
Conocida ya la figura histórica del tlamatini o filósofo náhuatl,
pasaremos en los siguientes capítulos ?siempre sobre la base de los
textos? al estudio directo de su pensamiento y doctrinas. Y no que-
remos ocultar el hecho de que, a excepción de Nezahualcóyotl, de
Tecayehuatzin, de Tlacaélel y de algún otro sabio rey o poeta, poco
es lo que podremos decir respecto del nombre y rasgos biográficos
de los varios pensadores cuyas ideas se estudiarán.
Una doble explicación puede darse a este hecho. Por una parte,
quienes trasmitieron las doctrinas filosóficas nahuas fueron, en su
mayoría, no los sabios mismos, sino los antiguos estudiantes de los
varios Calmécac que, habiendo recibido en su época las ideas en
boga, no se cuidaron por lo general de dar el nombre de sus maestros. Por otra parte, la elaboración de la filosofía náhuatl no puede
atribuirse ?al igual que en el caso de los orígenes de la filosofía
hindú contenida en los Upanishadas? a pensadores aislados, sino
más bien a las antiguas escuelas de sabios. Y es que no hay que juzgar
puerilmente con el criterio individualista de la cultura occidental
moderna las agrupaciones más socializadas de los sabios de otros
tiempos y latitudes.
Así, en el mundo náhuatl hay que atribuir el origen último de su
filosofía, desde los tiempos toltecas, a toda una serie de generaciones
de sabios, conocidos por la más antigua tradición como los que
llevaban consigo la tinta negra y roja, los códices y pinturas,
la sabiduría (tlamatiliztli).

Llevaban todo consigo:
los libros de canto y la música de las flautas.
Éstos fueron tal vez quienes crearon en fecha remota el símbolo
maravilloso del saber náhuatl, personificado legendariamente en la
figura de Quetzacóatl.
Mas de lo que se ha dicho sobre la falta de datos biográficos de
la gran mayoría de los tlamatinime no debe concluirse que desconocieran éstos el concepto y el valor de la persona humana. Sus opiniones sobre este punto, que expondremos al tratar de sus ideas acerca del hombre, prueban radicalmente lo contrario. Y aun el mismo texto ya citado, donde se describe la figura del sabio o ?philosopho? náhuatl, que tiene por misión enseñar a los hombres para
?hacer que aparezca y se desarrolle en ellos un rostro?, así como ?poner delante de sus semejantes un espejo?, para que conociéndose se hagan cuerdos y cuidadosos,35 muestra el gran interés de los tlamatinime por acabar con el anonimato humano tan plásticamente descrito por ellos como ?carencia de rostro? en los seres humanos.

Y si el rostro es ?como se ha probado y se estudiará aún más?
el símbolo náhuatl de la personalidad, complementan los sabios
nahuas este concepto desde un punto de vista dinámico, añadiendo
la mención expresa del corazón ?fuente del querer? que, según
hemos visto en el mismo texto, ?debe ser humanizado? por el tlamatini, que da así un carácter genuinamente humanista a su misión
de formar hombres en el Calmécac y el Telpochcalli.

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